Mal, muy mal.

Es que todo empezó mal, muy mal.
Remediaría invitándote al rio, con la luz del sol, un medio silencio, el aire lleno, el vaso de tinto también.
Pero me confundiría de parada de tren y nos tendríamos que quedar en una vereda de cemento sin sombra y sin salida al agua.

Fui como un regalo con el precio olvidado. Me abriste y viste cuanto valía.
No mucho, algo de rebajas o de negocio con polvo.
Y yo que quería que vos me pudiera mirar como yo te miraba. Con curiosidad y deseo, con fascinación y con ganas de más.
Pero, otra vez, fui un desastre, un complicado resultado de vino y de noche.

Y está bien, no pudiste con todo esto.

Lastima porque, después de mi locura y mi distorsión, viene la paz, un abrazo en la cama, un café quemado, pero con leche. Fría.

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